Smokey Nagata: el tuner que corrió a 300 km/h por una autopista británica
La historia de Kazuhiko 'Smokey' Nagata, fundador de Top Secret, su Supra dorado y la carrera ilegal que acabó con él detenido y deportado del Reino Unido.
Hay tuners que construyen coches. Y luego está Kazuhiko Nagata, que construyó una leyenda y después la llevó a una autopista extranjera de madrugada para ver hasta dónde llegaba.
Si has entrado alguna vez en el mundo del tuning japonés de los noventa, has visto ese Supra dorado. Es imposible no verlo. Un A80 pintado de oro entero, con el logo de Top Secret en el lateral, apareciendo en portadas de revistas, en vídeos granulados de VHS, en foros de medio mundo. Ese coche y su dueño son, para mí, la síntesis perfecta de lo que hacía especial a aquella época: talento técnico brutal mezclado con una falta absoluta de sentido común.
De empleado en Trust a fundar Top Secret
La historia empieza con una travesura. En 1978, mientras trabajaba como tuner y fabricante en Trust, Nagata empezó a usar las instalaciones de la empresa en secreto para trabajar en sus propios proyectos personales. De ahí sale el nombre “Top Secret”. Trust lo consideraba un empleado demasiado valioso —venía de ser mecánico en Toyota y tenía un conocimiento enorme del tuning— y le dejó continuar. En 1991 dejó Trust y fundó Top Secret con un equipo reducido, en un taller pequeño de Chiba. La empresa empezó a promocionar su trabajo en el Tokyo Auto Salon en 1993.
Eso ya te dice mucho del personaje. No es un empresario que monta un taller. Es un mecánico obsesivo al que le dejan seguir haciendo lo suyo porque lo hace demasiado bien como para despedirlo.
El apodo “Smokey” no necesita explicación si has visto un vídeo suyo. Humo. Siempre humo.
El Supra dorado y la noche de la A1(M)
Aquí llega la parte que todo el mundo conoce a medias.
Top Secret preparó un Supra A80 con el mítico motor 2JZ-GTE llevado muy por encima de lo que Toyota jamás imaginó: alrededor de 900 CV. Pintado de oro. Bautizado extraoficialmente como “0-300”, porque esa era la idea: cero a trescientos kilómetros por hora.
En el invierno de 1999, Nagata embarcó el coche hacia el Reino Unido. Sobre las cuatro de la madrugada, en un tramo de la autopista A1(M), y bajo la lluvia, alcanzó los 197 mph declarados —unos 317 km/h—. Fue detenido y deportado poco después. La policía lo cronometró a 194 mph y el coche acabó incautado; pasó la noche en el calabozo y se llevó una prohibición de conducir en el Reino Unido. Por la mañana recuperó el coche y volvió a Chiba.
Piénsalo un segundo. Un tipo mete su coche en un avión, cruza medio planeta, y se pone a hacer trescientos por hora en una autopista pública de otro país. De noche. Con lluvia. Y cuando lo pillan, no discute: se come el calabozo, recoge el coche y se vuelve a casa.
No lo estoy defendiendo. Aquello fue una barbaridad y podría haber matado a alguien. Pero entender por qué aquella escena idolatraba a este hombre exige entender que en el Japón de los noventa la frontera entre el taller, la calle y el circuito era mucho más fina de lo que nos parece hoy. Ese mundo es el mismo del que salieron el touge y los orígenes del drift: gente que aprendía a ir rápido donde podía, no donde debía.
Lo que hizo Nagata fue subir la apuesta hasta un punto absurdo. Y de paso convertirse en portada de periódicos y en estrella internacional del tuning de la noche a la mañana.
Después del escándalo: velocidad con permiso
Lo interesante es lo que vino después.
En 1999, la revista Option organizó el Option Top Speed Challenge, un intento de 0-300 km/h legal y homologado en un tramo de carretera en Nueva Zelanda, e invitó a varias preparadoras: JUN, Veilside y, cómo no, Top Secret. Es decir: la industria japonesa cogió aquella obsesión callejera y la metió en un formato con permisos, cronometraje y seguridad. Exactamente el mismo camino que recorrió el drift cuando pasó del monte al D1 Grand Prix.
Nagata siguió construyendo cosas imposibles. La más famosa: meter un V12 en un Supra.
El motor de origen es el 5.0 V12 de Toyota, el único V12 japonés de serie, montado en el Century. Top Secret lo llevó al extremo con dos turbos HKS GT2540 a unas 17 psi, admisión a medida con mariposas de 80 mm por bancada y un sistema de refrigeración a otro nivel. Resultado: 930 CV y 1.010 Nm. Como no cabía toda la refrigeración delante, colocaron radiadores en el maletero, alimentados por cuatro bombas de agua eléctricas y un circuito de tuberías considerable, con conductos bajo el alerón trasero para dirigir aire hacia ellos.
Radiadores en el maletero. Bombas eléctricas cruzando el coche entero. Eso no es tuning: eso es ingeniería a la desesperada, hecha sin túnel de viento y a base de experiencia pura.
Ese coche, ya con el kit “Super G Force” de Top Secret pensado para matar la sustentación a alta velocidad, marcó 222,6 mph en el anillo de Nardò en 2008. Es decir, cerca de 358 km/h. Con un Supra.
Por qué Nagata importa (y por qué es uno de mis ídolos)
Voy a mojarme: Smokey Nagata es uno de mis ídolos. Y no por el Supra dorado, ni por los 197 mph, ni por la portada de los periódicos.
Es por la vida que se montó.
Un tío que decide que los coches se modifican como a él le da la gana, no como dice el catálogo. Que abre su propio taller y construye lo que quiere construir, sin pedirle permiso a nadie. Que si se le mete en la cabeza meter un V12 de limusina en un deportivo, lo hace, aunque tenga que llenar el maletero de radiadores para que no se derrita. Esa independencia total, esa cabezonería de hacer las cosas a su manera con sus propias manos, es exactamente el sueño que yo tengo desde que descubrí este mundo.
Tener un taller propio. Un coche propio. Y la libertad de llevarlo hasta donde tú decidas.
Eso es lo que representa Nagata para mí. Y es también una manera de entender los coches que hoy ya casi no existe.
Porque en la época dorada, un taller pequeño de Chiba podía coger un coche de calle, doblarle la potencia, cambiarle la carrocería, meterle un motor de limusina de lujo y salir a batirse con supercoches europeos que costaban diez veces más. Y ganar. Esa es la esencia de lo que cuento en qué es el JDM de la época dorada: la sensación de que, con las manos y suficiente terquedad, cualquier cosa era posible.
El Supra dorado es un monumento a esa terquedad. Y también un recordatorio incómodo de que aquella escena se construyó, en parte, rompiendo las reglas.
Nagata pagó por lo suyo: calabozo, deportación, prohibición de conducir. Y aun así, veinticinco años después, seguimos hablando de él. Ese es el precio y el premio de convertirse en leyenda.
Lo que Top Secret dejó al JDM
- Demostró que el 2JZ era casi infinito. Antes de él, mucha gente pensaba que 600 CV ya era el techo razonable de un Supra A80. Después de él, nadie se atrevía a poner un límite.
- Convirtió la búsqueda de la velocidad punta en disciplina. El “0-300” dejó de ser una charla de bar y se convirtió en un objetivo medible.
- Puso al tuning japonés en el mapa mundial. Aquella portada del Supra dorado hizo más por la marca “JDM” fuera de Japón que cualquier campaña publicitaria.
Y sí: también dejó claro que las cosas hay que hacerlas en el sitio adecuado. En 2026, con radares, cámaras y sentido común, la única A1(M) aceptable es un circuito.
Pero el coche dorado sigue ahí. Y sigue significando algo.